Tú te sirves el café.

Yo contemplo tu espalda,

viril cordillera montañosa.

Vienes y me besas.

El sabor de tus labios penetra

en los pliegues de mi boca.

Degusto entonces minucias

con el paladar de mi silencio,

endulzo con una pizca de tu beso

la acritud de las cosas.

Sabe diferente el agua que ingiero;

arco de colores se dibuja en mis cejas,

la rutina se revela en multitud de tonos.

Apenas te sirves el café.

Yo, simplemente, te amo.

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