Ahora lo miro, frente a frente,
a sus ojos grises, lacrimosos,
para sumergirme en su alma.

Él me azota, una y otra vez,
y me estampa sabias marcas:
el legado de mis hijos
todavía no nacidos.

A veces me obstruye la visión
con su pelo de plata afilada,
pero al dolor el tiempo se encarga
de siempre cambiarle el peinado.

Luego, ya en un rincón del pasado,
encontraré su foto, en mi memoria,
y grata la miraré, frente a frente,
por la fortaleza que me aporta.

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