Rompiste el jarro de los sueños,
pisaste fuerte en los pétalos frescos
mientras el agua empañaba nuestra foto.

Temerosos por tu abrupta deserción,
los recuerdos se atrincheraron en el rincón
de mi alma, donde vivías.

No cedieron al látigo de la traición
ni al dolor acuciante de las astillas
hondamente clavadas en mi pecho.

Se mantuvieron puros, casi enteros,
y poco a poco regresaron
a la lucidez de la memoria.

Ahora conservan su historia:
la férrea voluntad de acertar,
marcas que todavía evocan
la importancia de la lucha, y
el afán por la integridad del sueño
sin tener que cerrar los ojos.

Ahora se conservan, sobre todo,
en el sincero brillo del perdón
que luce el rostro de mi entrega,
viven en la lealtad del corazón
que se da sin premisa ni reserva.

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