Vuela como la imaginación
su cuerpo de nube, intuitivo,
por horas desmesurado.

Cuerpo que nunca se disipa,
ni se pierde en el declive
que los años trazan.

Ahí, en la potencialidad
donde vaga, aún sin ser agua,
espera el momento de abrazar
el barro, la semilla y el árbol.

Tentadora promesa de lluvia,
sueño que quiere ser raíz y,
como tal, empaparse de tierra,
de la experiencia de ser hierba
dejándose abrasar por el rigor
de su propia vulnerabilidad.

Aspira a calarse, sí, a mojar
la cansada piel ardida,
a refrescar el alma sedienta
de realidad, de la mágica
destreza de unas manos sucias.

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