El núcleo de la hipocresía alberga el bastión de la arrogancia. Cuando el ser humano retiene o distorsiona la realidad, sobrepasando el sano ejercicio de respeto al prójimo e ignorando concienzudamente la máscara del cinismo que viste, pues se convierte en agente de su propio aislamiento, en cautivo de la pantomima que impone, precisamente por la sistemática omisión de los hechos, del buen sentido y de la construcción de la verdad común, en favor de sus deseos o convicciones individuales.

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