Detrás del velo curtido
en el fragor de los años,
el sol brilla.
En él mora el niño:
la pureza del retoño
el furor creativo.

A veces sí, se nubla.

Un tipo de madurez oscura
eclipsa su función luminosa,
cubre con una tela gruesa
el viso de la inocencia.

A veces sí, se repliega.

Oculto detrás del escudo,
se resguarda de su propia
inconsciencia.

Apoyado en el seno del adulto,
bajo la tutela de la experiencia,
él espera.

Sus hondas cicatrices revelan
que ya no ignora:
marcas de cauto ballestero
que sabe cuándo disparar.

Entonces la tela se rompe,
el velo traslúcido se vuelve,
y la alquimia, por fin, ocurre:
todo es, de nuevo, novedad.

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