Me doy, así, casi siempre.

Hasta que me duerma sin alas,
salte el gran muro sin valla
y corra con pies de Hércules.

Me doy, así, casi siempre.

Hasta que el árbol se seque
el suelo se parta en bloques
debido a la ausencia de riego.

Hasta que se agrieta el vaso
donde guardo el regalo
y las emociones macero.

Hasta que mi cuerpo dice basta
y mi mente muestra cansancio
ante el ejercicio de cederse.

Me tengo que ir, entonces.

Debo sumergirme en ese universo
donde al encararme en el espejo
yo misma me pregunto:

¿Qué he brindado al conjunto?

Me doy, así, casi siempre.

Cuando mi entrega no es indiferente
y el afán de recibir esté presente
en los ojos del que contribuyo.

 

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