Se oye el suspiro de la prueba.

La falsa ilusión ya reposa
junto a las armas rendidas.

El hombre alza sus manos
en un intento obstinado y vano,
como si aún corriese sangre por esas venas.

Pero el sueño falaz está muerto,
ya es suelo partido.
Y la mano se aferra a la escena
con dedos muy cortos
y callos dañinos.

Dedos entumecidos
por expectativas obsoletas,
por insistir en la causa de la pérdida
como si la pérdida fuera el objetivo.

Se oye, por fin, otro suspiro.

La ilusión gatuna se despereza
junto a la cuna del mundo.

El hombre alza su cabeza
hacia la ventana,
a una de las siete mañanas
que alberga el cielo traslúcido.

 

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