Los rayos llameantes de mediodía hieren a sus ojos sensibilizados. Se aferra a una de las columnas de hierro que sostienen el descascarillado techo de mampostería como si tratara de evitar el arrastre de la corriente de calor que proviene de los rieles. La muchedumbre se apiña y pelea bajo el techo decadente.

Se aleja del gentío, necesita aire.  El sol distribuye latigazos. Camina para no quemarse los pies. Contempla los edificios del barrio colindante, las pintadas en las fachadas desteñidas, los balcones y plantas resecas. Una risa aguda de repente capta su atención: un hijo juega con su madre. Suspira. Se seca la frente con el dorso herido de la mano derecha, hace una mueca involuntaria de dolor.

Un hombre, que voltea un palillo entre los pocos dientes que le quedan, se fija en ella cuando ya está saliendo del quiosco con una botella de agua fría en mano. Observa cómo ella estruja nerviosamente el plástico, y luego deambula de un lado a otro, junto a la raya amarilla del suelo del andén. Es tal su enfoque que casi puede contar las gotas de sudor que hay sobre sus abultados senos y los golpes de nalga que intuye bajo el balanceo de la falda.

Ella a menudo comprueba si viene el tren.  El hombre aprovecha su distracción y se acerca rastreramente. Toca su hombro por detrás y dice:

  • ¡Qué hermoso día! Como vos, si me permitís…-

Arquea en contracción los hombros al momento. Sin mirarle siquiera, retoma los pasos hacia un frondoso sauce llorón que está al final del andén. El hombre, no obstante, la sigue:

  • Cómo tarda ¿no? Llevo poco en Buenos Aires y no sé si esto es normal ¿Sabés si los trenes funcionan hoy? –

La indeseada proximidad del hombre acentúa el escozor que el agua causa al bajar por su esófago magullado. Bebe a sorbos cortos y solo despega la boquilla de sus labios para contestarle “sí, hay trenes. Toca esperar‟. Luego se dispone a remover nerviosa el interior de su bolso.

  • ¿De dónde es?,- pregunta el intruso, al percibirle un acento raro.
  • ¡¿Qué importa de dónde soy?!-
  • Bue, no hace falta que te pongás así, no le quedan bien tantos nervios a una mujer tan hermosa como vos.-

“¿Acaso las mujeres no tenemos derecho a ponernos nerviosas? ¿De decir palabrotas, por ejemplo? Parece además que, cuando se es guapa, debes a los hombres una eterna explicación o un agradecido tributo”, piensa. Ahora solo quiero olvidarme… De las viejas desavenencias, de mi abnegado papel de presa, del prejuicio acerca de mi género, de mi propia postura sumisa, en fin, olvidarme en definitiva, de una vez por todas, del doble precio que a veces hay que pagar para cumplir sueños‟. Amén.

  • Tengo un día muy complicado. No tengo ganas de cháchara –

El hombre la mira y sonríe con los ojos, apoyado en el tronco del árbol al estilo vaquero; piensa haber descubierto la procedencia de su objeto de conquista y está satisfecho. Dado que parece no conocer otro destino, intenta otra suerte de abordaje:

  • Hace demasiado calor, ¿verdad?-

Respira entrecortada; desliza los dedos por su melena para recogérsela en una coleta. Él retira el pie del tronco, atraído por la visión de su cuello; su obstinación le ciega y no ve la marca presente en la piel bronceada.

  • – ¿Llevás mucho tiempo en Buenos Aires?-
  • ¡Déjame en paz! – grita, sacudiendo el bolso abierto. El contenido del bolso se esparce por el suelo.

Mientras ella está agachada, recogiendo sus cosas, él, ¿quizás por culpabilidad? ¿quizás por orgullo?, remata:

  • ¿Vos venís con esa pollera y con ese escote y no querés que se te acerquen los hombres? ¡Sos una histérica nena!-

La gente ya los encara. Dos personas se acercan para ayudarla. El hombre finalmente se aleja; no sin antes dedicarle el último “saludo”:

  • ¡Mal Garchada!-

El tren llega a la estación. Ella sube a un vagón, arrastrada por un enorme bloque de seres sudorosos que empujan y empujan hasta que consiguen entrar, apretujándose sobremanera, contrariando las leyes elementales de la física.  La puerta al fin se cierra y pesadas lágrimas se desploman sobre las finas tiras de plástico de sus sandalias. La temperatura del vagón es asfixiante pero ella tiembla.

Una señora, con una extraña cicatriz que le cruza la mejilla derecha, la pisa sin querer, luego de un movimiento brusco del tren. Al mirarla para disculparse, reconoce la vulnerabilidad que la joven transmite y no puede evitar fijarse en su frente fruncida, en el temblor de su mano herida, en el miedo en las comisuras de sus labios, en la preocupante marca poliforme, aún rojiza, tatuada en su cuello. Niega pesarosa con la cabeza.

  • Creo que tenés que ver a un médico.-

La joven oculta la marca con una mano y susurra, “estoy bien, gracias”.

El tren se detiene en la siguiente estación, aullando de modo ensordecedor por el frenazo de las viejas pastillas. La gente de nuevo se empuja, y la joven es arrastrada por la marea humana hacia fuera. La señora, agarrada a una barra del vagón, la observa; piensa que no volverá a entrar, que huirá por vergüenza.

Suena otro pitido infernal y la joven se apresura a subir al vagón, ahora un poco más vacío.

  • Yo tuve el mismo problema. Me costó mucho darme cuenta.- confiesa seria la señora, con ojos humedecidos. La joven la mira de soslayo.
  • La solución la tenés vos.-

La joven entonces retira la mano que esconde la marca. Deshace la coleta y acomoda el pelo alrededor del cuello. Agacha su cabeza. Sonríe tímidamente.

La señora también sonríe y le acaricia un brazo.

Comenta aquí / Deixe seu comentário

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .