Siento el gentil toque de la hierba
la brisa dorada que me abraza
y acaricio los granos de tierra
al caminar despacio y descalza.

Veo el perro que libre pastorea
el alegre alboroto de los pinos
las líneas de mis manos abiertas
bajo la lumbre de los sentidos.

Oigo el susurro de muchos siglos
todos los pasos de inicio y cese
debajo de la inmensa ola verde
que serpentea a su ritmo.

Es el susurro de la madre eterna
con su colorida corona de flores
agua para la mente y sus ardores
nutriente para las venas.

Sigo embriagada por el camino
y a tocar un tronco me detengo
mientras íntima baila en el cielo
una bandada de pajaritos.

El gran tronco y todo su misterio
de pilar robusto hecho de lascas
con sus brazos de pulpo en ramas
que dan cobijo a cualquiera.

Huelo la resina que se impregna
como rayos sagrados de ámbar
como gotas de sol naranja
entre los pliegues de mis dedos.

Siento el gentil toque de la vida
luz fulgurante que no ciega
caricia que jamás se niega
puerta de entrada y salida.

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